(Reseña) Paul Auster – Creía que mi padre era Dios


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TAPA Creia que mi padre era Dios Paul Auster – Creía que mi padre era Dios (Tapa del libro).

Esta fue la primer obra de Paul Asuter que he leído.

Hace tan solo un mes elegí tomar libros sin juzgarlos por sus tapas, títulos, prólogos u autores y dejar que me sorprendan, me transporten y me hagan desaparecer por un momento de mi propia existencia para sumergirme en historias ajenas.

Con esa idea en mi mente tomé el libro “Creía que mi padre era Dios” de Paul Auster y me sorprendí desde el primer momento al saber que los relatos eran historias reales de personas que habían decidido compartir sus memorias con el mundo a través de un programa de radio en el que este Autor participaría de una columna haciendo públicos los relatos que el considerara más interesantes.

Así que ahí estaba yo, con mi mente en blanco dejándome llevar por historias ajenas, pero verdaderas. Sorprendente desde un principio, pero maravilloso.

No voy a negar que mi vouyeurismo se vio bastante saciado después de leer los 179 relatos que contiene el libro. Todo tipo de vivencias y memorias que sobre todo dejaron un sabor a nostalgia en mi pecho y que también me han hecho reflexionar sobre muchas cosas que he vivido.

Me sorprendí encontrándome reflejada en los sentimientos de esos desconocidos que tenían la necesidad de sacar cosas afuera, de pedir disculpas públicas por errores del pasado, de llorar penas propias y ajenas, de hacernos pensar y aprender a través de sus risas y de sus lágrimas.

Me parece un libro que si bien no es de contenido literario, es de un valor inconmensurable en cuánto a experiencias de vidas, de sentimientos, de sueños y de cosas inexplicables – que después de todo, quién no ha vivido una alguna vez.

En el prólogo del libro el autor nos cuenta cómo surgió la idea de esta publicación.

Esto es algo que no entraba en mis planes. El Proyecto Nacional de Relatos surgió por casualidad y, si no hubiese sido por un comentario que hizo mi mujer mientras cenábamos, hace ahora dieciséis meses, la mayoría de los textos que aparecen en este libro nunca se habrían escrito. Fue en mayo de 1999, o quizá en junio, y aquel mismo día la Radio Pública Nacional me había hecho una entrevista a raíz de mi última novela. Al término de nuestra conversación, Daniel Zwerdling, el presentador del programa Weekend All Things Considered, me preguntó si me interesaría colaborar regularmente con ellos. (…) Le pregunté qué era lo que tenía en mente y me contestó que no lo sabía con exactitud. Tal vez yo podría acudir a la emisora de radio, una vez al mes, por ejemplo, y leer algunos de mis cuentos. No me interesaba. A duras penas lograba mantener el ritmo de mi propio trabajo como para asumir la obligación de escribir relatos por encargo. Pero, por educación, dije que lo pensaría. Fue Siri, mi mujer, quien le dio la vuelta a todo. Aquella noche, cuando le conté la curiosa proposición que me había hecho la RPN, me sugirió inmediatamente una alternativa que me hizo cambiar de opinión. En cuestión de segundos él no se convirtió en un sí. No tienes por qué escribir los relatos tú mismo, dijo. Haz que la gente se siente y escriba sus propias historias. Podrían enviártelas y luego tú leerías las mejores por la radio. Si se anima suficiente gente, podría llegar a convertirse en un proyecto extraordinario. Así fue como nació el Proyecto Nacional de Relatos. La idea fue de Siri. Yo lo único que hice fue asumirla y echar a correr”.

(…)Todos nosotros sentimos que tenemos una vida interior. Todos sentimos que formamos parte del mundo y que, sin embargo, vivimos exiliados en él. Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia. Necesitamos palabras para expresar lo que hay dentro de nosotros, y los colaboradores me han dado una y otra vez las gracias por haberles brindado la oportunidad de contar sus historias, por «permitir que se escuche a la gente». Y lo que han llegado a escribir es, en casi todos los casos, sorprendente. Más que nunca, he percibido cuán profunda y apasionadamente vivimos en nuestro interior la mayoría de las personas. Nuestros apegos son feroces. Nuestros amores nos desbordan, nos definen, desdibujan los límites entre nosotros y los demás.(…)”

Una tras otra, estas historias dejan una impresión indeleble en la memoria. Incluso después de haberlas leído todas, continúan grabadas de tal forma en nuestras mentes que uno las recuerda igual que ocurre con una parábola mordaz o un buen chiste. Las imágenes son claras, densas y un tanto ingrávidas. Y todas son lo suficientemente pequeñas como para caber en un bolsillo. Como las fotos de la familia que solemos llevar encima.

PAUL AUSTER 3 de octubre de 200”

Para hacer honor a este hermoso libro, y antes de copiar algunos párrafos y relatos que me han emocionado, he decidido dejarles una historia personal, y dejo abierta la invitación a ustedes a que puedan también agregar algo suyo a este maravilloso compendio de momentos inolvidables de las vidas.

Fue en marzo del año 2000. Tenía una banda de blues y buscábamos guitarrista porque el que teníamos se había tenido que mudar al Sur del país.

Por aquellos tiempos estaba soltera y era un poco rebelde, pero no perdía la esperanza de conocer a alguien especial.

Como era la única que vivía cerca del centro de la ciudad y por lo tanto del Diario, me encargué de llevar un aviso para que saliera en los clasificados de los músicos. “A parte de aquí saco a mi futuro marido”, le dije a los chicos mientras doblaba el papel en mi bolsillo y veía como se reían de esta pobre ilusa.

Fui al diario a la mañana siguiente con la sensación de que ese pequeño papel cambiaría mi vida. Allí trabajaba una cantante que conocía y ella fue la encargada de recibir mi solicitud. “No olvides publicarlo, de aquí sale el hombre de mi vida”, le dije mientras me retiraba y ella me devolvía una carcajada y me decía que seguía estando tan loca como siempre.

El día de las pruebas a los músicos tuve un problema laboral y tuve que llamar a la casa del baterista para avisar que llegaría tarde, que comenzaran sin mi, pero que tomaran todos los teléfonos y los nombres, que estaba esperando conocer al hombre de mi vida.

Por suerte cuando llegue todavía no habían comenzado y zapamos un rato con un par de guitarristas que no nos despertaron ningún tipo de inspiración. Después de un rato de estar dando vueltas con el asunto y un tanto desanimados por las opciones que manejábamos llegó él, con su pelo largo y su aire de seguridad, tenía un halo de misterio y una mirada que me atravesó por completo. Jamás nadie había calado tan profundo en mi alma.

Terminamos las pruebas y antes de atravesar la puerta de la sala de ensayo le rogué a un Dios en el cual no creía que nunca se lo llevara de mi lado.

Veinte minutos después, mientras con parte de la banda y este desconocido volvíamos en auto hacia el centro de la ciudad sonó mi celular. Era el baterista que llamaba para preguntarme si estaba de acuerdo en decirle a esta especie de ángel que se había cruzado en mi vida que pasara a ser el guitarrista de nuestra banda.

Pronuncié temblorosa su nombre y lo vi voltear hacia mi… sentí como el universo se desplomaba sobre mis hombros, le pase el teléfono y lo vi sonreír.

Hace quince años que estamos juntos y ha sido sin lugar a dudas, el gran amor de mi vida.

Veronica Mroczek. 

Bueno gente, abajo les dejo algunos párrafos que capturaron mi alma y algunos relatos completos como para que puedan tener una apreciación de cómo es este hermoso libro… ojalá puedan leerlo y comentarme que les pareció.

Párrafos

Nunca hemos sido perfectos, pero somos reales” (Prólogo)

Desgraciadamente para mí, tendría que cumplir el doble de la edad que tenía entonces antes de aprender que prejuzgar a la gente hace que, la mayoría de las veces, te equivoques respecto a casi todo”.

Ludlow Perry – Mi gran error.

Enamorarse es como ir quedando arrinconado mientras retrocedes pintando el suelo a tu alrededor. Encantados con el color que hemos desplegado a nuestros pies, nos olvidamos de la libertad que, poco a poco, va disminuyendo a nuestras espaldas”.

Ameni Rozsa – Una tristeza común y corriente

A veces puede llegar a ser una suerte que nos abandonen. Mientras nos recuperamos de nuestra pérdida, podemos volver a estar con nosotros mismos”

Ameni Rozsa – Una tristeza común y corriente

Relatos

Una Navidad en familia

Mi padre me contó esta historia. Sucedió a principios de la década de 1920 en Seattle, antes de que yo naciera. Él era el mayor de seis hermanos y una hermana, algunos de los cuales ya no vivían en casa de sus padres.

La economía familiar había recibido un duro golpe. El negocio de mi padre había quebrado, casi no había trabajo y el país estaba al borde de la quiebra. Aquel año teníamos un árbol de Navidad, pero no teníamos regalos. Sencillamente no podíamos permitírnoslos. En Nochebuena todos nos fuimos a la cama con los ánimos bastante bajos. Pero lo increíble fue que, al despertarnos la mañana de Navidad, nos encontramos con un montón de regalos bajo el árbol. Intentamos mantener la calma durante el desayuno, pero acabamos con él en tiempo récord. Entonces comenzó la diversión. La primera fue mi madre. Todos la rodeamos llenos de curiosidad y, cuando abrió su paquete, vimos que le habían regalado un viejo chal que «había perdido» hacía ya muchos meses. A mi padre le tocó un hacha con el mango roto. A mi hermana, sus viejas zapatillas de andar por casa. Uno de los chicos recibió unos pantalones remendados y arrugados. A mí me tocó un sombrero, el que yo creía haberme dejado en un restaurante, allá por el mes de noviembre. Cada una de aquellas cosas desechadas representó una total sorpresa. Al poco rato nos entró tal ataque de risa que apenas podíamos desatar el lazo del siguiente paquete. Pero ¿de dónde procedía tanta generosidad? Todo había sido obra de mi hermano Morris. Durante muchos meses había estado escondiendo en secreto cosas viejas que él sabía que no echaríamos de menos. Entonces, en Nochebuena, después de que todos nos hubiésemos ido a la cama, había envuelto los regalos y, silenciosamente, los había colocado bajo el árbol. Recuerdo aquella Navidad como una de las más bonitas de mi vida.

DON GRAVES Anchorage, Alaska

La estilográfica de rayas

La segunda guerra mundial había acabado hacía un año y yo formaba parte del ejército de ocupación en Okinawa. Durante los últimos meses habían robado varias veces en el recinto de mi base. Habían rajado las mosquiteras de las ventanas y se habían llevado varias cosas de mi mochila, pero lo extraño era que el ladrón sólo había robado dulces y otras tonterías, todas ellas cosas sin valor. En una ocasión vi huellas de barro seco en el suelo y sobre la mesa de madera, hechas por unos pies descalzos. Eran muy pequeñas y parecían pertenecer a un niño. Sabíamos de algunas bandas de huérfanos que recorrían la isla y que vivían de cualquier cosa que pudieran encontrar, llevándose todo lo que no estuviese bajo llave. Pero un día desapareció mi querida estilográfica Waterman. Y aquello ya me pareció demasiado. Un día escogimos a uno de los prisioneros para hacer unos trabajos. Yo ya le había visto antes. Era un hombre callado, guapo, andaba erguido y prestaba atención cuando se le hablaba. Cada vez que le veía tenía la impresión de que, fuera cual fuese su rango dentro del ejército japonés (posiblemente oficial), había sido un buen militar. Y entonces, de pronto, vi mi estilográfica Waterman prendida en el bolsillo de aquel japonés de aspecto tan digno. No podía imaginármelo robando. Siempre había acertado a la hora de juzgar a las personas, y aquel hombre me dio la impresión de ser una persona honrada. Pero, en aquella ocasión, debí de equivocarme. Después de todo, el hombre tenía mi pluma y había estado trabajando en mi zona durante varios días. Decidí actuar basándome en mis sospechas y hacer caso omiso de la compasión que sentía por él. Señalé la estilográfica y estiré la mano. Él retrocedió, sorprendido. Toqué la pluma y volví a pedirle, mediante gestos, que me la entregase. Negó con la cabeza. Parecía atemorizado, a la vez que totalmente sincero. Pero yo no iba a permitir que me engañara. Puse cara de enfadado y volví a insistir. Al final me la entregó, pero con una enorme tristeza y desilusión. Después de todo, ¿qué podía hacer un prisionero frente a una orden dada por un representante del ejército vencedor? Negarse a obedecer conllevaba su castigo y seguro que él ya había recibido suficientes. A la mañana siguiente no regresó y nunca más volví a verle. Tres semanas después, encontré mi estilográfica en mi habitación. Me quedé horrorizado por la atrocidad que había cometido. Sabía el dolor que se sentía cuando se recibía un trato humillante, cuando se era obligado a cumplir una orden injusta, cuando veías cómo se asesinaba la confianza a sangre fría. Me preguntaba cómo podía haberme equivocado así. Las dos estilográficas eran verdes con rayas doradas, pero en una las rayas eran horizontales, y en la otra, verticales. Para empeorar aún más las cosas, yo sabía que para aquel hombre habría sido muchísimo más difícil que para mí conseguir uno de aquellos preciados objetos norteamericanos. Hoy, cincuenta años después, ya no tengo ninguna de las dos estilográficas. Pero ojalá pudiese encontrar a aquel hombre para poder disculparme.

ROBERT M. ROCK Santa Rosa, California

Mesa para dos

En 1947 mi madre, que se llama Deborah, tenía veintiún años y estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Nueva York. Era una chica preciosa, vehemente aunque introvertida, y sentía una gran pasión por los libros y las ideas. Leía de una forma voraz y quería ser escritora algún día. Mi padre, que se llama Joseph, era entonces un pintor en cierne, que vivía de dar clases de arte en un instituto del West Side. Los sábados pintaba durante todo el día en su casa o en Central Park y después solía permitirse el pequeño lujo de cenar fuera. La noche del sábado en cuestión, decidió ir a un restaurante de barrio llamado La Vía Láctea. La Vía Láctea resultó ser el restaurante preferido de mi madre, y aquel sábado, después de estudiar toda la mañana y parte de la tarde, se fue allí a cenar llevando consigo un viejo ejemplar de Grandes esperanzas de Dickens. El restaurante estaba abarrotado y mi madre ocupó la última mesa que quedaba. Se preparó para una velada de goulash, vino tinto y Dickens, y rápidamente perdió contacto con la realidad que la rodeaba. Media hora después el restaurante estaba tan lleno que sólo se podía comer de pie en la barra. La agotada camarera se acercó a mi madre y le preguntó si le importaría compartir la mesa con otra persona. Mi madre dio su consentimiento casi sin apartar los ojos del libro. «Una vida trágica la del pobre Pip», dijo mi padre al ver la gastada cubierta de Grandes esperanzas. Mi madre levantó la mirada y en ese momento, según ella, vio algo extrañamente familiar en los ojos de aquel hombre. Muchos años después, cuando yo le suplicaba que me contara la historia una vez más, suspiraba y decía: «Me vi a mí misma en sus ojos». Mi padre, totalmente cautivado por la persona que tenía delante, jura hasta el día de hoy que oyó una voz dentro de él. «Esta mujer es tu destino», le dijo la voz, e inmediatamente sintió un cosquilleo que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies. Sea lo que fuere lo que mis padres vieron, oyeron o sintieron aquella noche, ambos se dieron cuenta de que había sucedido algo casi milagroso. Hablaron durante horas, como dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Más tarde, cuando se despidieron, mi madre escribió su número de teléfono en el interior de la tapa de Grandes esperanzas y le regaló el libro a mi padre. Él le dijo adiós, besándola dulcemente en la frente, y después se alejaron, en direcciones opuestas, y se perdieron en la noche. Esa noche ninguno de los dos pudo dormir. Incluso después de cerrar los ojos, mi madre sólo veía una cosa: el rostro de mi padre. Y mi padre, que no podía dejar de pensar en ella, se quedó toda la noche levantado pintando el retrato de mi madre. Al día siguiente, que era domingo, fue a Brooklyn a visitar a sus padres. Se llevó el libro para leerlo en el metro, pero estaba tan exhausto después de pasar la noche en vela que, después de leer algunos párrafos, le entró sueño. Así que metió el libro en uno de los bolsillos de su abrigo —que había dejado en el asiento junto a él— y cerró los ojos. No se despertó hasta que el tren se detuvo en Brighton Beach, en el extremo opuesto de Brooklyn. Para entonces el tren estaba desierto y, cuando abrió los ojos y fue a coger sus cosas, el abrigo había desaparecido. Alguien lo había robado y, dado que el libro estaba en uno de sus bolsillos, también se había quedado sin él. Lo cual significaba que también se había quedado sin el número de

teléfono de mi madre. Desesperado, empezó a buscar por todo el tren, mirando debajo de los asientos, no sólo de su vagón sino de los vagones anterior y posterior al suyo. Joseph se había sentido tan feliz de haber conocido a Deborah que no se había preocupado de averiguar cuál era su apellido. La única referencia que tenía de ella era su número de teléfono. Mi madre nunca recibió la llamada que esperaba. Mi padre la buscó en varias ocasiones en el Departamento de Inglés de la Universidad de Nueva York, pero nunca la encontró. El destino les había traicionado a los dos. Lo que aquella primera noche en el restaurante había parecido inevitable pasó a ser algo claramente imposible. Aquel verano los dos se fueron a Europa. Mi madre fue a Inglaterra a hacer un curso de literatura en Oxford y mi padre se fue a pintar a París. A finales de julio mi madre tenía un descanso de tres días en sus estudios y voló a París, decidida a absorber toda la cultura que pudiese durante aquellas setenta y dos horas. En el viaje se llevó un nuevo ejemplar de Grandes esperanzas. Después de la triste historia con mi padre, no había tenido la fuerza de volver a leerlo, pero una vez en París y sentada en un restaurante abarrotado después de un largo día de visitas turísticas, lo abrió por la primera página y empezó otra vez a pensar en él. Después de leer unas pocas frases, un maître interrumpió su lectura para preguntarle, primero en francés y después en un inglés macarrónico, si le importaría compartir su mesa. Mi madre dio su consentimiento y volvió a su lectura. Poco después oyó una voz conocida. «Una vida trágica la del pobre Pip», dijo la voz, y entonces ella levantó la mirada y allí estaba él otra vez.

LORI PEIKOFF Los Ángeles, California

Una lección de amor

Mi primera novia fue Doris Sherman. Era una verdadera belleza de pelo rizado y moreno y tenía unos impresionantes ojos negros. Sus largas trenzas danzaban y flotaban al viento cuando la perseguía por el patio durante el recreo, en la escuela rural a la que asistíamos. Teníamos siete años y nuestra maestra era la señorita Bridges, que solía abofetearnos a la más mínima falta que cometiésemos. A mis ojos, Doris era la niña más bonita de la clase y me había propuesto conquistarla con el apasionamiento característico de un chalado de siete años de edad. La disputa por el amor de Doris estaba muy reñida. Pero yo era inasequible al desaliento y, finalmente, mi persistencia se vio recompensada. Un fragante día de primavera encontré una insignia de metal en el patio. Debía de ser una escarapela electoral (quizá de Franklin Delano Roosevelt). La parte delantera estaba todavía lisa y brillante pero la parte de atrás ya estaba un poco oxidada. Sin dudarlo, decidí ofrecer aquel tesoro a Doris como prenda de mi amor. Cuando le ofrendé la insignia (con el lado brillante hacia arriba) en la palma de mi mano, vi que había logrado impresionarla. Entonces pronunció aquellas memorables palabras. Mirándome a los ojos y susurrando en un tono solemne dijo: «Alvin, si quieres que sea tu novia, de ahora en adelante tienes que darme todo lo que encuentres». Recuerdo que me lo pensé. En 1935 un centavo era una pequeña fortuna para un niño de mi edad y circunstancias. ¿Y si encontraba algo realmente importante como, por ejemplo, una moneda de cinco centavos? ¿Podría ocultárselo a Doris o le diría que había encontrado una moneda de un centavo y me quedaría con los otros cuatro? ¿Habría hecho Doris el mismo trato con mis rivales? De ser así, podría convertirse en la niña más rica de la escuela. Sometido a aquel interrogatorio, mi afecto por Doris fue decayendo paulatinamente. Si me hubiese pedido el cincuenta por ciento, puede que hubiésemos llegado a algo. Pero su imperiosa demanda de recibirlo todo en un momento tan temprano de nuestra relación sólo sirvió para cortarla de cuajo. Así que, Doris, allí donde estés y seas lo que seas hoy en día, quiero agradecerte mi primera lección de amor y, lo que es más importante, que me enseñaras el precario equilibrio existente en la ecuación amor-economía. También quiero que sepas que algunas veces, cuando estoy adormilado, me veo otra vez persiguiéndote en aquel patio de la escuela, intentando atrapar tus rizos oscuros y saltarines.

ALVIN ROSSER Sparta, Nueva Jersey

A orillas del mar

No sé de dónde saqué la idea, pero me había empeñado en que aquel cumpleaños tenía que ser diferente. No es que no tuviese amigos que quisieran celebrarlo conmigo. Ni que viviese lejos de mi familia. Tampoco era que hubiese roto con aquel hombre. Lo único que sabía era que quería coger el coche y hacer carretera. Quería celebrarlo a solas conmigo misma. Así que, en mi vigésimo quinto cumpleaños, cogí un montón de dinero del bote donde solía guardarlo, me subí al coche y partí. Antes le había dicho a todo el mundo que no tenía nada contra nadie, pero que me iba a ir de viaje para mi cumpleaños. Y no di más explicaciones. Llegó el fatídico día y me invadió una extraña sensación de júbilo. De hecho, me desperté sintiéndome muy bien. Después de coger el dinero y de subir al coche, la euforia fue en aumento. Sonreía con sólo recorrer las calles y fijarme en edificios en los que nunca me había fijado. Todo me parecía divertido y lleno de buenos augurios. Después de conducir durante largo rato, vi un cartel que decía: «EL RESTAURANTE DE NENA». A mi madre le llaman Nena, así que giré a la derecha y fui a dar a la playa. No tenía ni idea de en qué parte de la costa me encontraba o cuánto rato iba a quedarme allí. Miré las gaviotas durante un lapso y la espuma que coronaba las olas. Me parecía ver el mundo con una sorprendente claridad, aunque no me había dado cuenta de que estaba desenfocado. Acabé aparcando en una callecita de adoquines muy peculiar, llena de pequeñas tiendas junto al mar. Era el único indicio de civilización que había visto en kilómetros y kilómetros. Mi coche se detuvo solo frente a un hotelito y me bajé. No recuerdo la razón, pero entré y pregunté cuánto costaba la habitación. Me daba igual el precio, pensaba quedarme de todos modos. Una mujer con un traje de cachemira me condujo al segundo piso por unas inmaculadas escaleras color melocotón y paredes blancas y me enseñó la habitación. Vi una cama de madera con dosel, con colcha y almohadas de encaje. Había una acogedora chimenea y una terraza con la misma vista del mar que había estado observando durante kilómetros. Tenía una bañera con patas, coronada por una antigua cortina colgada de un círculo. La nevera estaba llena de bebidas y la cafetera lista para ser conectada por la mañana. Le di las gracias a la mujer y esperé a que se marchase. Cogí la bolsa, saqué mis compacts, mi incienso y mis cigarrillos y me quedé allí sentada durante un momento dejando que la habitación me entrara por los poros. Tenía una energía tan extraña y perfecta que lo único que deseaba era sentir todas y cada una de sus vibraciones. Pasé los dedos por los jabones de la bañera y me tiré sobre la cama. Me sentía libre. Me sentía absoluta e increíblemente libre y sabía, sin lugar a dudas, que era allí donde tenía que estar. Bajé la escalera y me fui a explorar la caleta sobre un mar que, aquel día, era sólo para mí. Me compré un sándwich y un traje de baño y sentí el sol en el rostro. Hablé con desconocidos y leí los carteles pegados en las tapias. Olí el aroma de las panaderías y saboreé la sal en mis labios. En algún momento del día, entre el almuerzo y la caída del sol, saqué un libro del bolso y leí un rato en la playa. Luego me quedé para ver atardecer mientras, poco a poco, los habitantes de la zona iban llegando elegantemente vestidos a los restaurantes. Observé cómo el sol iba ocultándose y el cielo empezaba su danza de colores. Tenía las manos enlazadas alrededor de las rodillas y los dedos de los pies hundidos en la blanca arena, tibia y suave. Me levanté y fui hacia el agua, deseando hundirme en la espuma del mar. Mientras me acercaba sentí como si mi cuerpo se volviese parte del planeta. Como si una parte

de mí recordase que no era más que una persona sobre este mundo y que pertenecía a él. Y, de repente, ya formaba parte del océano y del crepúsculo y de la salida de la luna, y mi cuerpo quería bailar. Y bailé. Me puse a correr y a jugar en el agua, a saltar y a chapotear y a deslizarme con las olas y a girar y a dar vueltas y a zambullirme, sin importarme quién mirase o si había alguien haciéndolo. Paseé y brinqué y correteé. Me tumbé en la orilla y dejé que el agua me cubriese. Sentí cómo las olas me arrastraban de vuelta al mar. Me sentía tan libre… Y tan segura… Cuando quedé agotada y ya era casi de noche, regresé a mi habitación. El cuarto me estaba esperando y yo se lo agradecí correspondiéndole. No salí a cenar. Hice lo que tenía ganas de hacer: quedarme allí, comer lo que había quedado de mi sándwich de salami y leer mi libro. Me di un baño y prendí un poco de incienso. Entre capítulo y capítulo, me fumaba un cigarrillo en la tumbona de la terraza. Durante esos descansos, me asaltaron pensamientos muy intensos. Pensé en que no había habido ningún hombre que me hubiera hecho feliz ni infeliz. Pensé en las estrellas y en todo lo que representaban. Pensé en lo mucho que siempre había deseado ser amiga de mi madre. Sentí que no había nada ni nadie que pudiese deprimirme. Todo parecía perfecto, en sintonía y al alcance de la mano. No quería dormirme. No quería sentir que aquello se acababa. Me pasé toda la noche leyendo, fumando, observando la perfección de aquel cielo nocturno y sintiéndome bien. Aquélla fue la mejor sensación que he experimentado en toda mi vida. No dependía de ninguna otra persona ni de ninguna cosa, así que nadie podía arrebatármela. Era mía y procedía de una fuente que jamás se agotaría. Nunca me había sentido así; ni nunca volví a experimentar nada parecido. Finalmente me quedé dormida, pero sólo durante dos horas. Cuando desperté, la sensación seguía allí, no se había esfumado mientras dormía. Recorrí el hotelito y encontré una escalera de madera que conducía a una terraza acristalada sobre el tejado, con sillas y mesas de jardín. Las sillas estaban colocadas en la orientación perfecta para observar la salida del sol sobre el mar. Me senté. Era como si las sillas hubiesen estado esperándome. Yo estaba en pijama y todavía medio dormida. Los tonos rosas, azules y amarillos se deslizaban por encima de mi cabeza. Cerré los ojos. Simplemente, sentí el amanecer. Había estado fuera veinticuatro horas. Aquella tarde, cuando mi coche me condujo de vuelta a casa, supe que algo había cambiado dentro de mí. Algo que jamás me abandonaría. Sólo fueron veinticuatro horas.

TANYA COLLINS Oxnard, California

Farrell

Tenía un primo que se llamaba Farrell. Era epiléptico y vivía en un cuartito marrón que estaba en la parte de atrás de la casa de su madre. En aquella época los epilépticos tenían poquísimas posibilidades de cura y mi primo jamás trabajó en nada. Dos veces a la semana daba un paseo de dos manzanas y media hasta el restaurante Bluegrass Grill y se compraba una tarta de fresa. Aparte de eso, rara vez salía de casa. Cuando yo era niño sólo veía a Farrell una vez al año. El día de Navidad nos apretujábamos todos en el Plymouth e íbamos a casa de su madre a llevarle un bizcocho de frutas. Farrell salía de su cuarto y hacía tales esfuerzos por mantener una conversación educada con nosotros que se creaba una situación muy violenta. En la mayor parte de las ocasiones acababa contando unas historias interminables. A él debían de parecerle ingeniosas, puesto que se reía a carcajadas mientras las contaba, pero yo apenas podía seguir el hilo de su discurso y acababa pensando en cualquier otra cosa. Después de un rato, me ponía a mirar a la puerta y a rogar que nos marchásemos pronto de allí. Finalmente, mi padre se golpeaba las rodillas con ambas manos y se ponía de pie, diciendo: «Bien, todavía nos quedan algunas visitas por hacer esta noche. ¡Feliz Navidad!». Y a continuación, tras un jaleo de abrigos y sombreros y largas bufandas de lana que recogíamos del sofá de piel de caballo del salón, desaparecíamos hasta el año siguiente. A medida que fui creciendo, prestaba cada vez menos atención a las historias de Farrell. Me entraban por una oreja y me salían por la otra y ejercían en mí el mismo efecto que la televisión que su madre dejaba puesta a todo volumen durante todo el tiempo que duraba nuestra visita. La voz de Farrell no era más que otro ruido que había que soportar hasta que llegasen aquellos benditos golpes contra las rodillas que anunciaban mi salvación hasta el año siguiente. Con el tiempo, se acabaron las visitas. Fui a la universidad, me licencié y regresé a casa, pero ya no parecía que existiese la misma necesidad de regalar ningún bizcocho de frutas. Suspendida la visita, Farrell desapareció de mi vida. Pasó a ser un recuerdo de mi niñez más que un ser vivo. Por lo tanto mi sorpresa fue enorme la noche que me desperté de golpe después de tener una horrible pesadilla. En el sueño, Farrell se encontraba en la acera de enfrente y nos separaba una calle ancha. Me hacía señas moviendo exageradamente los brazos para que cruzara los cuatro carriles atestados de tráfico que nos separaban. Su rostro era inexpresivo, pero yo sabía que quería decirme algo de enorme importancia. Una y otra vez, bajé el bordillo para intentar ir hacia él. Sin embargo, el tráfico siempre me obligaba a retroceder. Entre él y yo pasaban a toda velocidad grandes autobuses amarillos y coches, en medio de un estruendo de bocinas. Tenía el paso bloqueado y no podía llegar hasta él. Me desperté sobresaltado. A la mañana siguiente me llamó mi padre para decirme que Farrell había muerto aquella noche de forma inesperada. Creo que puedo llegar a aceptar la idea de que me llegó algo que provenía de Farrell en el momento de su muerte. Pero ¿por qué no podía cruzar la calle? Prefiero pensar que existe un abismo entre los vivos y los muertos, una sima que ningún mortal puede cruzar ni tan siquiera en sueños. Tal vez por eso no me fue permitido escuchar la última historia que quería contarme. Pero podría ser que durante aquellas interminables visitas, hace ya tantos años, yo hubiera aprendido demasiado bien a ignorar a otro ser humano, un hombre que pasó toda su vida en un cuartito marrón que estaba en la parte de atrás de la casa de su madre.

STEW SCHNEIDER Ashland, Kentuck

Sobre el Autor

http://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Auster

Para conseguir el libro

http://www.espaebook.com/book/creia-que-mi-padre-era-dios/

(al final de este post encontrarás un instructivo para bajar el libro, en caso de que precises ayuda)

Cómo descargar el libro

https://alfonsopinel.wordpress.com/2013/09/06/manual-practico-como-descargar-archivos-desde-uploaded-bitshare-zippyshare-putlocker-cloudzer-y/

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