Desde el Sur (parte 2) Veronica Mroczek

carta

 Jueves 12 de Enero de un año poco prometedor.

Amigo del alma.

Me doy cuenta que me cuesta escribirte porque nunca pude mentirte, y enfrentarme a mis pensamientos me cuesta demasiado. Pero cada tanto junto fuerzas, como hoy, y decido hacerlo. Ojalá algún día junte las fuerzas necesarias para enviarte estas cartas.

Cobardía. No creo que exista una palabra que encaje mejor a la hora de intentar describirme mientras me miro al espejo y cuento las arrugas que ya van asomando en mi cara. Y mientras recorro mi rostro asumo que la mayoría de los problemas irresueltos que traigo como si cargara un muerto no son más que el producto de mi propia cobardía.

Y vos, que creías que yo era una mina fuerte, que te llenabas la boca hablando de mis proezas y de cuánto me conocías, en realidad nunca pudiste darte cuenta de que el disfraz no era nada más que una piel falsa que me cubría el cuerpo, que debajo del antifaz se escondían estos ojos perdidos que estaban demasiado asustados como para animarse a pedir ayuda.

Pero no fue tu culpa, jamás te haría cargo de semejante desacierto, porque para el momento en que nos conocimos yo ya era una experta simuladora y me había pasado los últimos años de mi vida embaucando almas y vendiendo espejitos de colores.

Muchas veces estuve tentada de decirte la verdad, de arriesgarlo todo a cambio de que tuvieras la posibilidad de elegir si seguir al lado mío o si salir corriendo sin mirar atrás y enterrarme en lo profundo de tu olvido. Vos te lo merecías, yo lo sabía, pero mi instinto de supervivencia no me dejaba salir afuera, era demasiado arriesgado y no sabía si iba a poder sobrevivir otra estocada de la vida.

Te acordás el día que nos conocimos? Fumabas Gitanes en un banco roto del patio del Rectorado. Me convidaste fuego mientras puteabas en voz baja por la reforma universitaria mientras seguías con la mirada las argollas de humo hasta que desaparecían con el viento.

Me preguntaste mi nombre y te dije que no hablaba con desconocidos. Me contestaste que yo me había dirigido a vos primero para garronearte algo de fuego, y que sería muy descortés de mi parte no dejarte saber mi nombre cuando vos habías sido lo suficientemente caballero como para interrumpir tus pensamientos y brindarme desinteresadamente aquello que yo estaba necesitando.

Te respondí que si había sido tan desinteresado no me estarías pidiendo a cambio que te confesara mi nombre y te di la oportunidad de que eligieras uno que consideraras me quedara bien. Me dijiste que creías que me llamaba Sofía y me hiciste reír. Fue la primer risa en días. Te miré a los ojos, no parecías un tipo jodido, te pedí que te corrieras y mientras me acomodaba al lado tuyo te dije que me llamaba Julia.

“No te queda”, me dijiste sin mirarme. “Y vos qué sabes si me queda?” te respondí un poco indignada por tu atrevimiento. Torciste la cabeza y te sumergiste en mis ojos con esa mirada intensa que siempre supiste utilizar para sonsacarme los secretos, “no te queda”, repetiste haciendo una mueca mientras le dabas una pitada intensa al cigarrillo, “pero si te querés llamar Julia por mi está bien”. No tardaste ni un segundo en sonreír y pude ver como ese gesto te iluminaba el rostro mientras me decías que no eras bueno comenzando conversaciones con extraños y me extendías la mano pronunciando tu nombre.

Un cigarrillo llevó al otro, una risa compró la otra y los minutos volaron mientras nos contábamos la vida entre risas y puteadas y veíamos al homeless de la esquina preparar el rancherío para pasar la noche. Me dijiste que te ibas a una peña, que estaba cien por ciento garantizada la alegría si te acompañaba, que eras buen bailarín pero necesitabas compañía y decidí acompañarte porque me juraste que no te reirías cuando vieras los movimientos descontrolados de mi cuerpo tratando de llevar el ritmo. “Lo intentamos, pero si me avergonzás mucho te dejo en un rincón sin compromiso. Tengo una trayectoria que defender!”, me dijiste mientras me extendías la mano para levantarme del banco y me mostrabas el camino.

Y así fue el día que nos conocimos, un delirio verborrágico entre puchos y vinos, una sensación de éxtasis exacerbado por los clásicos del rock nacional que nos dejaron afónicos de tanto gritar mientras bailábamos sin saber si el resto nos estaba mirando. Una sensación de libertad, de encuentro, como de trance eufórico, como de fin del tiempo.

Ese día te dije mi nombre, pero no te dije quién era.

Ese día te encontré lo suficientemente atractivo como para que no te escaparas de mi mente por un instante, pero no lo suficiente como para rendirme a tus pies. Lo suficiente interesante como para querer explorarte pero no tanto como para querer sumergirme tan profundo. Lo suficientemente especial como para tener la certeza de que había descubierto algo único, pero no tanto como para enamorarme.

Antes de irme te dije mi número de teléfono al oído y me di vuelta con la sensación de que con todo el alcohol que llevábamos en las venas te iba a ser absolutamente imposible recordarlo. Comencé a caminar confundida en una sonrisa que me envolvía la cara, preguntándome si alguna vez te volvería a ver y mientras escondía las manos en los bolsillos del pantalón disfrutaba de ese calor que te dejan en el pecho las experiencias hermosas de la vida.

El mediodía me encontró enredada entre las sábanas de mi cama con un terrible dolor de cabeza y con la certeza de que no había ido a mi cátedra de Historia. Otra vez inventando excusas para zafar del ausente que me dejaría afuera de la cursada por segunda vez, imaginando a la vieja relamiéndose mientras me colocaba la cruz roja en la planilla diciéndome que las oportunidades se habían terminado y que había llegado el momento de que encausara un poco mi vida o que dejara el lugar para alguien que realmente lo mereciera. “Que se cague!”, pensé mientras me tapaba la cara con la almohada y dejaba que el mundo desapareciera amparada por la barrera impenetrable de frazadas de polar azul.

Y ahí anduve, navegando por mundos imaginarios, perdida entre el sueño y la vigilia hasta que el sonido del teléfono me trajo nuevamente a la tierra. “Quién sos?”, me preguntaste sin decir quién eras y el sol rajó la tierra y la luz penetró la habitación mientras se me caían todas las cosas de la mesa de luz arrastradas por el cable del tubo mientras me sentaba sorprendida sin poder creer que habías recordado el número.

Continuará…

cc-by-nc-nd

Veronica Mroczek

 

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