Desde el Sur (parte 3) Veronica Mroczek

carta

Miércoles 3. Aún me siguen gustando los miércoles.

Querido amigo.

Me he adaptado bastante a mi nueva vida. Siempre tuve esa increíble capacidad para gozar sin remordimientos de la ausencia de rutina, beneficios de una herencia abultada, que teniendo en cuenta mi comportamiento no merecía pero que por alguna razón fue el único golpe de suerte que tuve en mi vida a parte de haberte conocido.

Viajé hacia el sur atraída por el frío y la soledad. El silencio de las montañas aturde mis oídos y los pensamientos retumbaban libremente en mi cabeza. Nada como una taza de chocolate caliente frente al lago, sumergida entre recuerdos y sueños, preguntándome qué andarás haciendo.

Conocí a unos europeos que andaban de mochileros, quisieron perderse conmigo en el viaje pero yo no estaba lista para ser acompañada, así que disfrutamos una tarde de trekking y fotos y nos dijimos adiós sin siquiera intercambiar un solo contacto.

En la cabaña tenía todo lo que precisaba para disfrutar de mi viaje interno, por la tele se escapaban carcajadas de panelistas frívolos de los que no logré entender nada, porque los chusmeríos y la farándula nunca fueron lo mío, pero por lo menos me hacían compañía en el punto exacto que estaba precisando.

En una repisa habían tres libros, una Biblia, un libro de salmos y El amor en los tiempos del Cólera. Tomé este último entre mis manos, me senté frente a la estufa para poder jugar con el fuego sin tener que pararme y me ahogué entre aquellas líneas que me parecieron las más hermosas que leí en toda mi vida.

Cuando llegó el momento de partir le ofrecí dinero al casero para quedarme con el ejemplar de García Márquez, pero el viejo no aceptó una sola moneda y me dijo que en realidad siempre había sido mío, que había pasado años en aquella repisa esperando por mi. Me hizo prometer que volvería, “nunca se sabe qué otra cosa te puede estar esperando”, me dijo con aquella sonrisa desdentada enmarcada por cientas de arrugas mientras palmeaba mi espalda y me deseaba buen viaje.

“I´m you, and you are me… Why´s that such a mystery?” sonaba Lenny apacible en mis oídos mientras el paisaje me quitaba el aliento dejando aquella bella impresión tatuada para siempre en mi mente. “Podría pasar el resto de la eternidad aquí” pensaba mientras dejaba que el aire frío me llenara el pecho y una lágrima surcaba mi rostro.

“Cuánto más al sur se puede ir?” le pregunté al hombre de la boletería que sin siquiera regalarme una mirada me vendió un ticket a la ciudad más austral del continente. Fueron dieciséis horas maravillosas, cientas de fotos quedaron grabadas en mi mente y en cada rincón quedó un pedazo de mi para siempre. Y me encontré pensando que la gente siempre tuvo esa idea estúpida de que yo era una insensible y una desalmada, cuando la verdad es que hasta la naturaleza me conmueve… me desarma.

Caminé por las calles en silencio, con las manos en los bolsillos pateando piedras mientras buscaba un lugar donde pasar la noche. No tenía en claro cuánto tiempo me quedaría, pero tampoco me apuraba ningún compromiso. Quería encontrar un lugar en el cual poder pensar, y mientras los pasos me llevaban en alguna dirección desconocida miraba al cielo pidiendo un solo deseo, desvanecerme.

Qué irónico, en realidad ya lo había hecho, porque si no estabas conmigo no había nadie más que se interesara por mi. Y después de todo, si no sos importante para nadie, o si lo sos pero no tenes modo de enterarte, es exactamente lo mismo a haber dejado de existir.

En el hostel había gente de todos lados, la cena fue casi bizarra, con todos esos personajes tratando de comunicarse, de contar sus historias entre idiomas y señas. Es increíble como la gente logra romper la barrera del lenguaje, especialmente después de unas cuantas copas de merlot.

Me encontré mirando fotos de extraños, de lugares hermosos, escuchando anécdotas increíbles y deseando comenzar un viaje interminable por un mundo de razas y culturas en busca del lugar que se convertiría en mi hogar, que me recibiría con sus brazos abiertos, que me aceptaría tal cual soy.

Aquella noche no pude dormir, las imágenes y el deseo fueron más fuertes que el sueño y por primera vez en días me encontré pensando en algo que no fuera vos.

Habían unos viejos griegos que eran increíbles, ya llevaban veintidós países recorridos, decían que querían morir juntos, viajando. Habían pasado toda su vida trabajando y habían enterrado a sus dos hijos. Podías ver detrás de sus miradas una mezcla de dolor y de alegría, se podía ver ese instinto de supervivencia que te empuja siempre hacia adelante y también pude ver algo que jamás había visto con tanta claridad, en aquellos ojos reposaba tranquilo el amor…

También había un italiano que se había cansado de luchar contra el sistema y había decidido convertirse en una especie de hippie adinerado que recorría el mundo en busca de aventuras. Una sueca recién divorciada puteando al hijo de puta que la había engañado y un singapurense al que no pudimos entenderle nada pero que nos hizo morir de risa con sus relatos en malayo cargados de gesticulaciones y sonidos.

Cuando llegó mi momento no supe qué decir y extrañamente opté por la verdad, les dije que me escapaba de todo en busca de algo que todavía no sabía bien que era. Pero querés saber qué fue lo más sorpresivo?. Aquellas personas también habían pasado por momentos como el mío, y de repente me sentí tan identificada, contenida por ese grupo de extraños que me abrazaban con sus palabras sin juzgarme y sin pedir nada a cambio. Fue uno de esos momentos mágicos de este largo viaje, un instante que voy a recordar para siempre, caras que voy a llevar conmigo a todas partes, voces que arrullaron mi alma.

La mañana me encontró descalza frente al fuego, jugando con la taza de café entre las manos y los cabellos revueltos. El olor a vino y cigarrillo seguía como suspendido en el aire y ahí estabas, como siempre, presente en cada instante. Te imaginaba buscándome, necesitándome, encontrándome. Soñaba con palabras que me hubiesen gustado oír, caricias que hubiese querido sentir. Pero saber que nada de eso era real hizo que la pena comenzara a ganar terreno una vez más y la yema de mis dedos contenían las lágrimas y los dientes me apretaban los labios mientras el pecho me estrujaba el alma.

Tuve que andar cientos de kilómetros para dejarte ser feliz, tuve que luchar contra mi misma, contra mi eterno egoísmo, contra mis impulsos y deseos. Me sometí a una vida de excesos, pagué el más alto de los precios y llegué al final del camino mil veces, solo para volverlo a comenzar.

Y aunque en ese abandono se me fue la vida misma tuve que dejarte ir, simplemente porque te amaba.

Continuará….

cc-by-nc-nd

Veronica Mroczek

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2 comentarios en “Desde el Sur (parte 3) Veronica Mroczek

  1. Impresionante. En verdad. Sabes solo he viajado por trabajo en una ocasión solo pero con destino fijo. En otras de mochilero pero en grupo, y me parten las ganas por ir solo algún lugar. Pero lo que dices de compartir relatos de diversas nacionalidades es increíble y te Asombra lo abiertos que son para reír y despojarse de las emociones que cargan consigo. Aunque en su lugar de origen probablemente fueron lo contrario, andan escapando de algo pero buscándose a sí mismo. Como dices al final el viaje es realmente el inicio de donde partiste. Con la excepción que si te fue bien o no, ese será el tamaño de la sonrisa con la que darás el siguiente paso.

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    1. Que hermosas tus palabras. Me alegra tanto que te haga pensar en experiencias personales y puedas compartir conmigo tan profundos pensamientos.
      No tengo palabras para agradecerte. Un abrazo inmenso, y espero que disfrutes el resto del relato!.

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