Desde el Sur (parte 4) Veronica Mroczek

carta

12 de Mayo del año en que no he podido dejar de pensarte.

Amigo del alma.

Te extraño tanto.

Aquí tienes otra carta que algún día enviaré… espero que comprendas mis palabras.

Supongo que nunca supiste cuánto me lastimabas. Nunca te culpé por eso porque jamás te di la chance de saberlo como para que pudieras hacer algo al respecto. Los meses pasaban, te ibas metiendo tan adentro del alma que ya no había modo de controlar los sentimientos y la certeza de saberme tan insuficiente me hacía retroceder ante cada paso que avanzabas.

Qué podía darte?. Si yo no era nadie.

Por alguna razón viene a mi mente cuando esperábamos el amanecer con nuestros brazos entrelazados sentados en aquella roca en la que grabamos nuestros nombres. Cuánto tiempo ha pasado, cuánta agua bajo el puente.

Siempre me escondo adentro de viejas canciones que me recuerdan aquellos momentos. Te encuentro escondido en esos versos y me pregunto si las escucharás cada tanto, si pensarás en mi cuando las palabras secretas salen a la luz con fuerza revelando nuestros misterios, aquellos que nos hacían tan parecidos.

“Me importa un huevo lo que piensen”, solías decirme mientras le dabas una pitada profunda al cigarrillo que compartíamos y te reías de los cíclopes mentales que no se atrevían a ver la vida a través de una mirilla diferente a la que les había venido de fábrica.

Será que seguís pensando lo mismo, o que el tiempo terminó quitándote un ojo?

Será que todavía te atreves a soñar y a ser soñado?.

Será que todavía gritas mientras corres por las calles desiertas o que la noche te encuentra en pijamas cobijado en una cama rodeada de relojes alarma y controles remoto?.

Seguirás desayunando restos de pizza fría o estarás comiendo cereales con leche?

Andarás comprando en las mañana los diarios para leer compungido las noticias o te seguirás riendo de ellas?.

Qué andarás haciendo ahora?.

Yo? Yo sigo buscando. Caminando en este Sur. Sorprendiéndome con cada amanecer. Prendida del pasado aunque anhelando el futuro. Conociendo lugares, dejando gente. Cargando con el equipaje de siempre más las historias nuevas. Tratando de entender cuál es el mensaje secreto, a dónde se revela el misterio de la vida. Intentando alcanzar la verdad.

Pero todavía sigo siendo la misma, por eso no he podido volver.

“Hubo un tiempo que fue hermoso… y fui libre de verdad…”, la música en mis oídos acompañándome siempre mientras recorro los rincones de este mundo. Un viejo escondido bajo una túnica fuma un cigarrillo mientras se pierde en el horizonte sumergido en quién sabe qué pensamientos. Lo miro y pareciera tener cien años, aunque probablemente no llegue a los cincuenta, nunca fui buena acertando la edad de las personas, en realidad nunca entendí porqué a la gente le interesa tanto ese detalle.

A mi se me pasaron décadas sin que haya percibido el paso del tiempo y días como si hubiesen sido siglos. Me pregunto qué es lo que le da peso al tiempo?.

Ayer me desperté temprano. Podía sentir tu aroma impregnado en las sábanas, como si nunca hubieses dejado de estar junto a mi. Suelo imaginar que nunca nos distanciamos, que tuve el coraje suficiente para quedarme a tu lado y pelear por todo aquello que hubiese deseado tener. Suelo imaginar qué desenlace le habría tocado a esta historia si la cobardía nunca se hubiese apoderado de mi y es ahí cundo comienzo a vernos andando por los bulevares deshojados, cantando versos viejos que nos recuerden tiempos pasados.

Sonreí mientras preparaba el café porque te imaginaba alegre, mirándome con esos ojos profundos, explorando los rincones de mi alma. Pude sentir el fuego que me traspasaba y se me erizó la piel recordando tu aliento calentando mi cuello mientras fundidos en un abrazo eterno me tarareabas canciones al oído.

Miles de veces hablamos de lo poderosas que son las relaciones entre las personas y de cuántas de ellas quedan grabadas para siempre como tatuajes en el alma. Uno pasa por la vida de los otros sin ser consciente de las cicatrices que deja en el resto y se pasea por existencias ajenas, a veces inocentemente y a veces con mente criminal, dejando rastros que no siempre se borran con el tiempo.

Unas semanas atrás me reencontré con una compañera de la secundaria. Te sorprendería ver como recordaba con exactitud los nombres de mis familiares, los lugares a los que solíamos ir, lo que hacíamos por las tardes libres. Yo ni siquiera podía recordar su nombre.

Me dejó su teléfono y lo agende como “compañera del secundario”, porque no tuve el atrevimiento de preguntarle como se llamaba. Esperaré a que ella lo haga algún día y cuando yo pregunte quién habla develaré el misterio y editaré el contacto. Por ahora es otra incógnita para el libro de preguntas sin respuestas de mi vida, por suerte una no muy relevante, pero que me hace pensar en cuántas cosas vivimos, y cuántas olvidamos.

Será que cuando te encuentre dentro de unos años voy a ser yo la que recuerde con exactitud todo lo que vivimos y vos me vas a mirar con cariño, como se mira a un loco, y agendarás mi teléfono quién sabe con qué nombre?.

Me pregunto qué nombre me pondrías?. “Mujer perdida”. “Amiga olvidada”. “Loca de atar”. “Creo recordarte”.

Me pregunto si al dejarte y comenzar a caminar los recuerdos volverían a tu mente y saldrías corriendo gritando mi nombre para fundirnos en un abrazo con el que no permitirías que me vuelva a escapar.

Supongo que eso es soñar demasiado, y que tendré que conformarme con un “buenas suerte” y un “nos vemos”.

“Nos vemos”. Solías decirme “nos vemos” cada vez que me acompañabas hasta la parada y dejábamos pasar los micros entre puchos y chuchos de frio. “Esperá un segundo, el próximo viene rápido”, me decías mientras me ofrecías una pitada y comenzabas vertiginosamente una nueva historia para captar mi atención y retenerme otro rato mientras nos congelábamos azotados por el viento húmedo.

Aquí los micros tardan siglos en llegar, podrías acabar un atado antes de que la próxima unidad llegue a la parada. Estoy casi convencida de que hay un solo coche por cada letra.

Me pregunto de cuántas cosas podríamos hablar esperando estos dinosaurios?.

Sabes qué?. Los coches todavía tienen los monederos metálicos en desuso junto a la palanca de cambio. Esos de los que sacaban el boleto por la parte de abajo y lo cortaban de un tirón sobre el filo dentado. Los pobres viajan expuestos, humillados frente a las relucientes maquinas que responden al roce de la tarjeta magnética que los miran desde lo alto socarronamente. Siento empatía cuando los observo nostálgica desde mi asiento, tan oxidados e inanimados como mi propia alma.

Mientras se me enfría el café recuerdo aquellas noches en que solías abrigarme con tus brazos porque habíamos decidido regresar a pie. Caminábamos por las calles pateando hojas, riéndonos de las parejas que se acurrucaban en los portales oscuros para quitarse la vida con besos apasionados. Veíamos a los borrachos de la esquina acomodarse en las columnas y pasarse las botellas de plástico rellenas con vino para evitar que algún milico les quitara la alegría y a los chicos de la calle arroparse con cartones mientras eran pasados indiferentemente por encima por aquellos que habían logrado hacer algo de sus vidas. Nos acercábamos a darles un paquete de galletitas y el ultimo cigarro que nos quedara mientras les decíamos que tendrían que buscar algún lugar con más reparo para pasar la noche, a lo que nos respondían con sonrisas negras y miradas vacías.

Queríamos cambiar el mundo. Nos sentíamos poderosos y con ganas. Éramos tan ilusos.

No nos llevó mucho tiempo descubrir que en realidad de todo aquello no íbamos a poder cambiar nada.

Continuará…

cc-by-nc-nd

Veronica Mroczek

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