Desde el Sur (parte 5) Veronica Mroczek

carta

Julio, o quizá Agosto… perdida el calendario.

Siempre me creí invencible. Sentía como las cosas me rozaban pero nunca llegaban a tocarme. Miraba al resto ser atravesado por las lanzas, desangrarse en el piso ante mi mirada omnipresente. Solía percibir al mundo como desde una realidad paralela, en la que las cosas no hacían más que sucederse en un sinfín de situaciones que tarde o temprano terminaban encadenadas, como revolviéndose en la misma mierda mientras se burlaban de sus víctimas.

Hasta cuándo hay que resistir y seguir adelante? Llega el día en el que uno siente que todo tuvo sentido, que todo fue para mejor, que se aprendió y se evolucionó?.

Por estos tiempos siento que siempre aprendo algo nuevo, pero por alguna extraña razón nunca vuelvo a estar en escenarios parecidos que me permitan aplicar lo incorporado. Todo lo contrario, ando siempre por el mundo como con las manos vacías, pensando en cómo carajo voy a hacer para atajar la próxima que se me presente, cómo voy a hacer para esquivar las balas, para dejar huellas.

Si!. Eso ha sido, por sobre todas las cosas, algo que siempre me quitó el sueño. Cómo hacer para dejar huellas. Cómo hacer para no pasar desapercibido por esta triste existencia en la que todos corren desesperadamente hacia ninguna parte. Cuenta pendiente. Quizá algún día tenga la respuesta.

Sabías que cuando solíamos caminar junto al lago y me contabas en qué andabas y nos reíamos de como dabas vueltas como loco por la vida sin llegar a ningún lado me veía reflejada en tus ojos y me reconocía. Siempre me sentí como un alma gemela estando a tu lado, por eso siempre te necesité tanto.

Y es cierto, pude sobrevivir todo este tiempo sin haberte visto una sola vez, y estoy orgullosa de eso. Pero nada fue lo mismo… deje de sentirme inmortal e intocable.

Para colmo, me toco cruzarme con gente de causes profundos, en los que pude sumergirme y conmoverme, de los que pude aprender cuán equivocada estaba y en los que pude desahogarme llorando hasta por penas ajenas.

Como las del viejo que mientras desayunábamos lloraba por su compañera de la vida que lo había dejado por un jovencito que se terminó quedando con toda su fortuna, razón por la que ella terminó cortándose las venas en una bañadera de hotel mientras él la recordaba con sus cabellos al viento, caminando juntos por algún playa desierta.

Me quedé sola en la mesa mientras veía al viejo asomarse a la terraza, arrastrando los pies mientras llevaba la taza de café entre las manos, como quien lleva entre sus dedos la vida de algo pequeño y delicado, como quien conserva el ultimo aliento del ser amado en una pequeña caja de cristal.

Me estremecí con aquellos pasos. Pude sentir su dolor a través de la brisa fresca que llegaba hasta la tibia habitación en la que hasta hacía unos instantes habíamos estado juntos y me quedé pensando en el día en que decidí secreta y unilateralmente que aquel atardecer iba a ser el último que compartiríamos.

El la había perdonado. “Porque es lo que se hace cuando se ama”, me dijo desde la baranda sin darse vuelta a mirarme. Lo vi grande, como a un gigante. Sentí la fuerza del viento empujando las ventanas y por sobre el ruido de las ráfagas escuché el galopar de aquel cansado corazón a la espera del eterno reencuentro.

Me di cuenta que te amaba, lloré por dentro.

Aprendí que perdonar es maravilloso, pero todavía no aprendí a perdonarme a mi misma. Me di cuenta que aún después de tanto tiempo sigo siendo la misma. Cambiar. Otra cuenta pendiente para el libro interminable de mis “todo por hacer”.

Continuará…

cc-by-nc-ndVeronica Mroczek

 

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