Llegar rápido no siempre es llegar.

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Llegar rápido no siempre es llegar.

 

Tan profundo es el espacio asignado para el alma, que solo los valientes se atreven a navegarlo. Son pocos los locos que se aferran con fuerza a los vientos que los llevan por corrientes que los azotan con vehemencia hasta arrojarlos a nuevos puertos todos lacerados por las experiencias vividas pero condecorados con lágrimas y sonrisas por las batallas libradas.

Tan basto es ese espacio que la mayoría se pierde en los adentros, y anda por los tiempos buscando en las afueras las razones que habitan en lo profundo de uno mismo. Y se pierde por caminos ajenos, y vive vidas prestadas olvidando que al final uno queda solo con su alma viajando a un nuevo destino.

Elegimos venir a este mundo de un modo consciente y nos quitan la posibilidad de recordar por qué lo hemos hecho. Comenzamos a crecer a ciegas y vamos tanteando los días, construyendo una historia que, a veces, poco se parece a la que queríamos.

De pronto nos encontramos siendo grandes. Casa, auto, hijos, arcones vacíos. Miramos hacia atrás y la maraña de senderos recuerda de a pedazos todo lo vivido.

“En aquel tiempo era tan feliz”. Repito sin haber logrado desarrollar la capacidad de observar todo lo que tengo alrededor mío, y vuelvo a aplicarle un toque de misterio a la vida que me ha tocado en suerte, y le asigno valores erróneos a las cosas que tengo.

Sigo adelante, eso sí he aprendido a hacer. Corro desesperado en la dirección indicada. Sé que al final hay algo, tiene que haber algo, porque todo lo que conservo no es más que lo que no he podido despegar de mi cuerpo henchido.

Veo la ladera que me lleva hasta el valle. A un lado miles de escalones, al otro el verde parece esponjoso y mullido.

Elijo bajar a los tumbos y dejo caer mi cuerpo, como cuando era niño y jugaba a bajar rodando la colina.

Llego al valle moribundo, los moretones no dejaron rastros de mi piel morena. Miro hacia arriba, un hombre que resplandece baja paciente por los escalones mientras proyecta su luz a quienes le siguen sonriendo mientras sufren las consecuencias del largo camino que han decidido tomar para llegar hasta este mismo lago.

Me reincorporo mientras río. Después de todo no fue tan difícil llegar a destino.

Observo el agua cristalina pero los magullones no permiten que me agache a sorberla.

Miro alrededor, no hay senderos ni señales. No hay personas, no hay amigos.

Llegué rápido pero solo. Liviano, casi vacío.

Siento tanto frío.

 

cc-by-nc-nd

Verónica Mroczek

(Imagen de internet)

 

 

 

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